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29 de septiembre de 2026

Al menos se podía abrir el Excel

Durante veinte años el problema fue que cada uno llegaba a la reunión con su Excel. Al menos se podía abrir el Excel.

Dos personas con dos números distintos se sentaban, miraban las fórmulas, y en veinte minutos aparecía la diferencia: uno había filtrado un canal, el otro no. Llevaba su tiempo, pero se resolvía. Y quedaba un rastro.

Armarse el Excel propio, además, costaba. Exportar, acomodar, armar la tabla dinámica. Ese trabajo era un freno: no cualquiera se hacía su versión, y el que se la hacía sabía lo que estaba haciendo.

Hoy eso se hace pegando la hoja de cálculo en un chat y escribiendo una pregunta. Diez segundos.

Desapareció el freno, y con él desapareció el rastro. Ahora las dos personas llegan con dos números distintos y ninguna puede explicar cómo llegó al suyo. No hay fórmula que mirar. La reunión no termina en «filtraste un canal»: termina en quién habla más fuerte.

El problema del Excel nunca fue el Excel. Era la anarquía: cada uno con su propia verdad, armada en un rincón. La IA no inventó eso. Le sacó el único trabajo que lo limitaba, y le sacó el rastro.

Por eso la pregunta no es qué herramienta usa la gente. Es sobre qué números. Mientras la respuesta salga de una hoja de cálculo pegada en un chat, vas a tener el mismo problema que hace veinte años. Peor: más rápido y sin fórmula.